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ballad of forgotten places :: olga orozco

by on March 3, 2017

translated by Mary Crow

My most beautiful hiding places,
places that best fit my soul’s deepest colors,
are made of all that others forgot.

They are solitary sites hollowed out in the grass’s caress,
in a shadow of wings, in a passing song;
regions whose limits swirl with the ghostly carriages
that transport the mist in the dawn,
and in whose skies names are sketched, ancient words of love,
vows burning like constellations of drunken fireflies.

Sometimes earthly villages pass, hoarse trains make camp,
a couple piles marvelous oranges at the edge of the sea,
a single relic is spread through all space.
My places would look like broken mirages,
clippings of photographs torn from an album to orient nostalgia,
but they have roots deeper than this sinking ground,
these fleeing doors, these vanishing walls.

They are enchanted islands where only I can be the magician.

And who else, if not I, is climbing the stairs towards those attics in the clouds
where the light, aflame, used to hum in the siesta’s honey,
who else will open again the big chest where the remains of an unhappy story lie,
sacrificed a thousand times only to fantasy, only to foam,
and try on the rags again
like those costumes of invincible heroes,
circle of fire that inflamed time’s scorpion?

Who cleans the windowpane with her breath and stirs the fire of the afternoon
in those rooms where the table was an altar of idolatry,
each chair, a landscape folded up after every trip,
and the bed, a stormy short cut to the other shore of dreams,
rooms deep as nets hung from the sky,
like endless embraces I slid down till I brushed the feathers of death,
until I overturned the laws of knowledge and the fall of man?

Who goes into the parks with the golden breath of each Christmas
and washes the foliage with a little gray rag that was the handkerchief for waving goodbye,
and reweaves the garlands with a thread of tears,
repeating a fantastic ritual among smashed wine glasses and guests lost in thought,
while she savors the twelve green grapes of redemption—
one for each month, one for each year, one for each century of empty indulgence—
a taste acid but not as sharp as the bread of forgetfulness?

Because who but I changes the water for all the memories?
Who inserts the present like a slash into the dreams of the past?
Who switches my ancient lamps for new ones?

My most beautiful hiding places are solitary sites where no one goes,
and where there are shadows that only come to life when I am the magician.

*****

Balada de los lugares olvidados

Mis refugios más bellos,
los lugares que se adaptan mejor a los colores últimos de mi alma,
están hechos de todo lo que los otros olvidaron.

Son sitios solitarios excavados en la caricia de la hierba,
en una sombra de alas; en una canción que pasa;
regiones cuyos límites giran con los carruajes fantasmales
que transportan la niebla en el amanecer
y en cuyos cielos se dibujan nombres, viejas frases de amor,
juramentos ardientes como constelaciones de luciérnagas ebrias.

Algunas veces pasan poblaciones terrosas, acampan roncos trenes,
una pareja junta naranjas prodigiosas en el borde del mar,
una sola reliquia se propaga por toda la extensión.
Parecerían espejismos rotos,
recortes de fotografías arrancados de un álbum para orientar a la nostalgia,
pero tienen raíces más profundas que este suelo que se hunde,
estas puertas que huyen, estas paredes que se borran.

Son islas encantadas en las que sólo yo puedo ser la hechicera.

¿Y quién si no, sube las escaleras hacia aquellos desvanes entre nubes
donde la luz zumbaba enardecida en la miel de la siesta,
vuelve a abrir el arcón donde yacen los restos de una historia inclemente,
mil veces inmolada nada más que a delirios, nada más que a espumas,
y se prueba de nuevo los pedazos
como aquellos disfraces de las protagonistas invencibles,
el círculo de fuego con el que encandilaba al escorpión del tiempo?

¿Quién limpia con su aliento los cristales y remueve la lumbre del atardecer
en aquellas habitaciones donde la mesa era un altar de idolatría,
cada silla, un paisaje replegado después de cada viaje,
y el lecho, un tormentoso atajo hacia la otra orilla de los sueños;
aposentos profundos como redes suspendidas del cielo,
como los abrazos sin fin donde me deslizaba hasta rozar las plumas de la muerte,
hasta invertir las leyes del conocimiento y la caída?

¿Quién se interna en los parques con el soplo dorado de cada Navidad
y lava los follajes con un trapito gris que fue el pañuelo de las despedidas,
y entrelaza de nuevo los guirnaldas con un hilo de lágrimas,
repitiendo un fantástico ritual entre copas trizadas y absortos comensales,
mientras paleada en las doce uvas verdes de la redención—
una por cada mes, una por cada año, una por cada siglo de vacía indulgencia—
un ácido sabor menos mordiente que el del pan del olvido?

¿Por qué quién sino yo les cambia el agua a todos los recuerdos?
¿Quién incrusta el presente como un tajo ante las proyecciones del pasado?
¿Alguien trueca mis lámparas antiguas por sus lámparas nuevas?

Mis refugios más bellos son sitios solitarios a los que nadie va
y en los que sólo hay sombras que se animan cuando soy la hechicera.

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